miércoles, 25 de noviembre de 2015

Sin aspavientos

Para Francisco Javier Irazoki (Lesaka, Navarra, 1954) la música siempre fue un reclamo y un poso inacabable de indagación, una inclinación irredenta que le llevó a ejercitar un periodismo crítico sin reservas en revistas ya desaparecidas, como Disco Express y El Musiquero. En 2009 publicó La nota rota, un libro de semblanzas alrededor de medio centenar de músicos de diferentes estilos y épocas. También estuvo vinculado al grupo CLOC, un elenco de artistas rebeldes con ínfulas surrealistas y provocadoras. Con la publicación de Los hombres intermitentes (2006), el escritor navarro inició una singladura de poemas en prosa donde encontramos una realidad biográfica y otra que surge de visiones y sueños. Irazoki reside en París desde 1993, y allí ha compaginado su vocación poética con la continuidad de sus estudios musicales y la crítica literaria. En la actualidad, colabora como crítico en el suplemento El Cultural del periódico El Mundo en la sección de poesía.

Con Orquesta de desaparecidos (Hiperión, 2015), Irazoki vuelve al poema en prosa con unos textos en los que conjuga la evocación personal con otros de corte más simbólicos y literarios. Por este libro, de insinuante título, desfilan recuerdos y afectos familiares, artistas y otros tipos singulares, casi todos ellos ya desaparecidos, que acuden a la memoria melancólica del autor. El libro consta de cincuenta y una piezas breves en prosa, pero de suspiro y cadencia poética, por donde discurren personajes queridos, mezclados con las inquietudes propias y el compromiso moral del poeta, en una época que forjaron su estética literaria y el mundo musical en el que siempre creyó de manera entusiasta, discreta y sin ambages.

En la primera pieza con la que arranca el libro, Zoki, como a él le llaman sus allegados y amigos, enarbola como principio suyo que: “la poesía no es una delicadeza decorativa, sino una intensidad de la mirada que despierta a la conciencia”; un credo personal que no pierde cuidado en reiterarlo de otras maneras a lo largo del texto. En otra, Portal 2, evoca su traslado a Paris y los objetos y muebles que habitan en su pequeño estudio, especialmente la mesa fabricada por un pariente cercano: “Más que un mueble, mi mesa es una enseñanza”. Su infancia, juventud, los primeros escarceos amorosos o la bohemia de un tiempo en Madrid tienen resonancias nostálgicas en algunas otras piezas, como en la titulada El bosque asfaltado donde cuenta cómo pasó dos noches frías a la intemperie en un banco de madera de la capital. Más adelante continúa con fragmentos biográficos y evocadores de un tiempo en que el país sale de la dictadura y el entusiasmo general explota: “El libro y la risa eran los cuchillos con que queríamos partir unas semillas de cárcel llamadas identidades”, (pág. 48).

Por la senda de esta Orquesta de desaparecidos transitan escritores, seres queridos y músicos que se alejaron de la vida de Irazoki y a los que les dirige una “oración laica, sin templo ni dogmas”, una plegaria para todos ellos, que siguen estando presentes, desde la memoria y el recuerdo, en el sentir literario y musical de quien los evoca desde el corazón y el sentimiento, que no es otro que el de un hombre sentido y generoso con su pasado y con su presente, como así lo parece Irazoki, una persona sentimental y sencilla.

Jimi Hendrix, Charlie Parker, Thelonious Monk, Bach, Mozart, Pío Baroja, Quevedo, Octavio Paz, Cernuda o Ramiro Pinilla son algunos componentes de parte de este orfeón de desaparecidos que deambulan por las páginas de esta agenda poética. Pero en este cortejo de figuras no falta el acento de otras vivas y admiradas por el autor, como lo son Fernando Aramburu, escritor y amigo de vivencias y batallas conjuntas o Eloy Sánchez Rosillo, poeta que no participa en los campeonatos de dolor –según constata Irazokicapaz de transmitir la complejidad con expresión limpia.

Orquesta de desaparecidos es un libro breve de memorias escrito con la sencillez de un poeta apegado a los afectos, capaz de versificar, con una prosa pulida, el recuerdo y la nostalgia de lo que ha vivido: una existencia plural gracias a la compañía de otros muchos artistas.

Francisco Javier Irazoki ha firmado un texto hermoso y emotivo, una crónica particular y sincera de su generación, que cuenta en su haber con el tono sosegado que tanto agradece el lector cuando se trata de una escritura íntima y sin aspavientos. [Reseña núm. 253]